Llorando en el Louvre

Escrito por libreríodelaplata el . Posteado en Autores chilenos, Pintura

violeta-parra-tapizHay una mujer llorando en el Museo del Louvre.

Como si acabara de recibir la noticia de su propia muerte. Como si la bombardearan con un reguero de piedras. En la lista de los próximos expositores, donde antes se leía “Violeta Parra”, ya no está su nombre. Lo borraron. Monsieur Faré, conservador del Museo, se siente contrariado. Intenta calmarla. Le explica, sosteniendo su mano, que él admira su trabajo, pero que la Alta Comisión del Louvre decidió reemplazar su propuesta por la de “un artista de prestigio”, porque no tienen la menor idea de quién es ella. No la conocen.

No saben que durante tres meses, con sus noches y sus días, esa mujer chilena ha estado bordando y pintando escenas que recrean leyendas y costumbres de su país, fiestas y bailes campesinos, injusticias y pobreza, la poesía y la vida que nacen, al mismo tiempo, en su garganta y sus manos. Todo eso que algunos entendidos resumen en dos palabras que a veces pronuncian con dudosa cortesía: cultura popular. No saben, como sabe en Chile su hermano Nicanor Parra, que París no le ha ofrecido ni un solo beso, y que ella se siente tan cansada que no le interesan sus arcos, sus figuras ilustres, ni el ciego resplandor de su traje de noche. Lo que en verdad desea es que su nombre crezca. Para ser más fuerte. Para alcanzar el reconocimiento de su voz que, para ella, es la voz de su pueblo.

“Tráigame todos sus trabajos —le dijo monsieur Faré, viéndola llorar con la rendición de una loba herida—. Tráigame todo a las cuatro y, con sus trabajos en la mano, yo defenderé su nombre y su exposición”. Violeta Parra corrió como una niña hasta su casa de la rue Monsieur le Prince, en el Barrio Latino, donde vivía junto a sus hijos Isabel y Ángel y su nieta Tita. Unas horas más tarde, se presentó en el Louvre acompañada por su hijo, los dos cargados con arpilleras bordadas, máscaras, pinturas al óleo y un cristo de alambre. En un plazo de tres días conocerían el veredicto de la Comisión.

Su etapa como bordadora y pintora había empezado en Chile, en 1958, cuando enfermó de hepatitis y estuvo en cama durante ocho meses. No poder cantar ni tocar la guitarra era una tragedia griega para su urgencia creativa. En un impulso poético, empezó a desnudar las ventanas y las camas de su casa del barrio La Reina, en Santiago. Sin saber bordar ni dibujar, se sirvió de cualquier trozo de tela —arpilleras, manteles, sábanas y cortinas— para empezar a contar las historias de lana que en sus manos adquirieron formas de inusitada belleza, color y sentido. Pasaron cinco años. Un anhelo con voluntad de locura florecía en su cabeza. Esperaba. Dudaba: “¿Cómo iba a exponer yo en el Louvre, yo que soy la mujer más fea del planeta y que vengo de un país pequeño, de Chillán, del último confín del mundo?”.

En la primavera de 1964, el Museo de Artes Decorativas del Palacio del Louvre presentó la primera exposición individual de una artista latinoamericana. Yvonne Brunhammer, que era la directora del Museo, escribió en el catálogo de la presentación: “Violeta Parra no es una desconocida en Francia”.

sorayda.peguero@gmail.com

Publicada por gentileza de la autora y de El Espectador de Colombia

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