La máquina de Eduardo

Escrito por libreríodelaplata el . Posteado en Uncategorized

cónsulAdemás de libros, yerba, dulcedeleche, infusión de marcela, esta vez el epicentro de nuestras maletas a nuestro regreso de Montevideo fue un particular objeto: la vieja máquina de escribir de Eduardo Galeano.

Sucedió durante una cena, en casa de Mati y Daniel. Matilde Hughes Galeano es la madre de mi amiga Magda y hermana del escritor (Eduardo firmaba con su apellido materno). Daniel es su marido.  Por distintos caminos, Mati, Daniel y Magda son amigos nuestros desde hace muchos años, incluso desde mucho antes de que ambos (librero y librera) nos conociéramos (pero eso es otra historia).

Cada vez que viajamos, nuestro regalo para ellos es una botella de buen cognac, una especie de guiño que sirve para anticipar la sobremesa, con sus conversaciones y confidencias. Una de esas noches, al abrigo de una cálida solera, hablamos del azar, de los cambios de rumbo, del Librerío, de todas las cosas que hemos hecho en este tiempo, y recordamos el homenaje a Galeano con conexión vía skype Montevideo-Sabadell en el que participó la familia. “Yo tengo la máquina de escribir de Eduardo”, dijo Mati de repente. “Llevenselá. Se la regalo. Para el Librerío”. Y a continuación trajo una caja que abrió frente a nosotros llena de fotos y documentos: de Eduardo niño, Eduardo en China, Eduardo en Cuba; el menú que creó, de pájaros, viento y mar, para los cincuenta años de su hermana; los dibujos que empezó a publicar con catorce años en el periódico “El Sol” y que firmaba como Jius; una carta que le envió Juan Gelman en 1995 cuando murió la perra Pepa Lumpen. Entre sus muchos comentarios, Mati decía: “De aquí llévense lo que quieran, para mostrarlo. Algunas cosas se las quedan; otras me las devuelven la próxima vez que vengan”.

Decidimos que la máquina viajara con nosotros, en nuestro equipaje de mano. Queríamos evitar riesgos, pero como correspondía a quien fuera su primer dueño, fue un viaje con aventuras.

Al pasar por el scanner, hicieron que Miguel abriera la maleta. Al ver los libros y la máquina, vino la pregunta -“¿Es usted escritor?” -“No, soy librero” -“Y la máquina?” -“Es un recuerdo de familia.” -“Pues no puede pasar. Es un objeto pesado y contundente. Es peligrosa. Tiene que facturarla.”

Desde unos metros más allá, sin llegar a oir lo que decían,  yo podía ver que la cosa se estaba complicando.Con la mejor intención, me acerqué a explicar. -“Usted sabe… esta máquina es muy importante para nosotros y no queremos que se dañe, perteneció a Eduardo Galeano” -” ¿De Eduardo Galeano? ¿Y usted pasó por Aduanas para declararla? Porque si es como dice, no será tan fácil, esto es Patrimonio Nacional.” -“Ella está bromeando -cortó Miguel- ¿no ve que es una máquina vieja?” Al final, y con la buena disposición de la aerolínea, todo quedó arreglado… al menos hasta llegar a Madrid, donde empezó todo de nuevo.

La Cónsul de 1964 ya está con nosotros en Sabadell. Hoy nos reímos, tal vez como lo haría Galeano, de la sutil clarividencia de los Cuerpos de Seguridad al reconocer lo peligrosa que puede llegar a ser, una máquina de escribir.

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