Cuando Sylvia encontró a James

Escrito por libreríodelaplata el . Posteado en Anécdotas y curiosidades, Autores del mundo

sylvia-y-joyceJames Joyce tenía miedo a los perros.

Una tarde de verano de 1920, mientras conversaba con Sylvia Beach, una librera norteamericana que acababa de conocer, escuchó unos ladridos. “¿Se acerca?, ¿es fiero?” preguntó, con el rostro desencajado. La señorita Beach se asomó a la ventana para valorar el riesgo: “Ladra con fuerza, pero, en mi opinión, no es peligroso”. Joyce se dejó caer en un sillón y, con su voz de tenor, le contó a la señorita Beach que aún conservaba una cicatriz de la mordedura de un perro que lo atacó cuando tenía cinco años. También le contó que Ezra Pound —el poeta de la generación perdida— lo convenció de mudarse a París. Para la señorita Beach, Joyce era el más grande escritor de su época. Lo escuchaba con fascinación, sintiéndose afortunada de haber acompañado a su amiga Adrienne Monnier a la fiesta que el poeta André Spire ofrecía en su casa. Ambos recordarían aquel encuentro casual por el resto de sus vidas.

Joyce se convirtió en el miembro más célebre de Shakespeare and Company, la librería de la señorita Beach que también frecuentaban escritores como Scott Fitzgerald, Robert McAlmon y Ernest Hemingway. Antes de atravesar la puerta, con su sombrero de fieltro y la vara de fresno que usaba a modo de bastón, Joyce se aseguraba de que el perrito blanco de la librera no estuviera a la vista. Tres cosas lo atormentaban: encontrar una casa para instalarse con su esposa y sus dos hijos, su situación económica —había invertido todos sus ahorros en la mudanza— y terminar de escribir Ulises. La revista inglesa The Egoist y la estadounidense Little Review lograron publicar algunos capítulos, pero, en ambos países, la novela fue censurada por “obscena”. “Mi libro ya no saldrá jamás”, le dijo un derrotado Joyce a la señorita Beach. Sylvia Beach no tenía dinero, y no tenía idea de cómo editar un libro. Apenas llevaba un año dirigiendo su propia librería. “¿Dejarías que Shakespeare and Company tuviera el honor de publicar tu libro?”, le preguntó a Joyce. Unos días después, en las paredes de su local se leía una nota: “Anunciamos que el Ulises de James Joyce va a publicarse en versión íntegra por Shakespeare and Company, París, durante el otoño de 1921”.

En diciembre de 1921 no se había impreso un solo ejemplar de Ulises. Siguiendo instrucciones de la señorita Beach, la imprenta le concedía a Joyce todas las pruebas de impresión que pedía. Frases en los márgenes, párrafos escritos con letra ilegible, suplementos, correcciones. El afán perfeccionista de Joyce, que quería que el color de la cubierta del libro tuviera el mismo tono azul de la bandera griega, los enloquecía a todos. Los suscriptores de la librería se inquietaban. El propietario de la imprenta le sugirió a la librera que advirtiera a su cliente de que aquello no acabaría bien. Pero la señorita Beach se negó: “Ulises tenía que ser en todo tal como Joyce quisiera”. Se añadió un problema aún más grave: los ojos enfermos de Joyce. El escritor tuvo que someterse a una operación y guardar reposo durante un tiempo. El dinero no alcanzaba. La quiebra de la librería era una amenaza constante y Joyce, que le dedicaba 17 horas diarias a Ulises, empezaba a tener problemas para mantener a su familia. Apareció en escena otra mujer fundamental en la vida del escritor. La feminista Harriet Weaver hizo un envío de dinero desde Inglaterra que salvó a Joyce y a su desesperada editora de la ruina.

La mañana del 2 de febrero de 1922 alguien llamó a la puerta de James Joyce. Era la mujer que por admiración a él se había convertido en la editora más fiera que había conocido. Aquel día Joyce celebraba su 40 cumpleaños. Con el corazón acelerado, la señorita Beach le sonrió, y puso en sus manos un libro de cubierta azul. Un azul idéntico al de la bandera griega.

sorayda.peguero@gmail.com

(Publicado por gentileza de la autora y de El Espectador de Colombia)

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