Mecánicos, por Osvaldo Soriano

Escrito por oscaradmin001 el . Posteado en Autores argentinos

Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día. indefectiblemente, tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. A esa edad creemos que el mundo solo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales porque había pasado por el Industrial de Neuquén.

Las varias biografías de Roberto Arlt, por Oscar Brando

Escrito por libreríodelaplata el . Posteado en Autores argentinos, Teatro

(publicado el 13/05/04 en El Cultural de El País de Montevideo)

¿ES POSIBLE que Roberto Arlt no supiera el día en que había nacido? ¿Miente Arlt, busca despistar o, sinceramente, nunca tuvo en sus manos su partida de nacimiento? ¿Qué decía su documento de identidad?

Al comenzar su biografía El escritor en el bosque de ladrillos (2000) Sylvia Saítta recuerda las palabras de Roberto Mariani en el homenaje que la revista Conducta le hizo a Arlt en 1942. Mariani profetizó las dificultades que iban a tener los biógrafos futuros de Arlt, enredados entre los engaños del propio escritor y las mistificaciones que ya habían comenzado a circular y seguramente aumentarían a medida que pasara el tiempo. La sinceridad de Arlt no se asentaba en sus datos biográficos; contaba, incluso,

Conducta en los velorios, un cuento de Julio Cortázar

Escrito por libreríodelaplata el . Posteado en Autores argentinos

No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.

El puñal, cuento de Jorge Luis Borges

Escrito por libreríodelaplata el . Posteado en Autores argentinos

En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.

Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.

Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.

Rayuela y “Toco tu boca”, capítulo 7

Escrito por libreríodelaplata el . Posteado en Autores argentinos

Yo empecé a leer Rayuela a mis 15 años. Y digo “empecé” porque no es algo que una pueda hacer así como así, aplicando el método que nos enseñaron en la escuela, las palabras, las ideas, los capítulos sucediéndose en orden mientras una va hilvanando en su cabeza una historia que al final del libro, bien o mal, alegre o triste, terminará.

Cuando leía Rayuela, yo era la Maga, o era Olivera y las calles del barrio La Comercial eran París, y yo iba con mi bolso y llevaba  una locura que no era la mía, pero que también podía serlo, y tentaba doblar a la izquierda en Juan Paullier hasta llegar a Cuñapirú y allí doblar de nuevo, o seguir, o detenerme y dar vuelta, porque el azar sí era mío y yo lo llevaba en mi bolso, igual que ahora llevo este libro sin terminar , para leer 100 veces uno u otro capítulo que posiblemente sea siempre el mismo, ese que se nos va colando en una perenne continuidad de los parques.