El puñal, cuento de Jorge Luis Borges

Escrito por libreríodelaplata el . Posteado en Autores argentinos

En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.

Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.

Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.

Latinoamérica 1962: el “boom” que cambió la literatura

Escrito por libreríodelaplata el . Posteado en Autores latinoamericanos

Del 6 al 10 de Noviembre tuvo lugar en la Casa de América en Madrid el congreso El Canon del Boom, al cumplirse 50 años desde que este fenómeno literario revolucionario nació en Latinoamérica.

Fueron cinco días en los que 46 escritores de América Latina y España comprobaron e hicieron conocer a través  de sus  conferencias, debates y coloquios, el legado y el valor de clásicos contemporáneos de muchos autores de este grupo,  dispares en estilos y generaciones. Por nombrar algunos de ellos de una lista aún mayor, están Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa,

Rayuela y “Toco tu boca”, capítulo 7

Escrito por libreríodelaplata el . Posteado en Autores argentinos

Yo empecé a leer Rayuela a mis 15 años. Y digo “empecé” porque no es algo que una pueda hacer así como así, aplicando el método que nos enseñaron en la escuela, las palabras, las ideas, los capítulos sucediéndose en orden mientras una va hilvanando en su cabeza una historia que al final del libro, bien o mal, alegre o triste, terminará.

Cuando leía Rayuela, yo era la Maga, o era Olivera y las calles del barrio La Comercial eran París, y yo iba con mi bolso y llevaba  una locura que no era la mía, pero que también podía serlo, y tentaba doblar a la izquierda en Juan Paullier hasta llegar a Cuñapirú y allí doblar de nuevo, o seguir, o detenerme y dar vuelta, porque el azar sí era mío y yo lo llevaba en mi bolso, igual que ahora llevo este libro sin terminar , para leer 100 veces uno u otro capítulo que posiblemente sea siempre el mismo, ese que se nos va colando en una perenne continuidad de los parques.